Chicos: les dejo leyendas de la biblioteca de la escuelar ¡muchas gracias a las bibilotecarias por su aporte y ayuda! y recuerden hacer y enviar las tareas de las seños y profes de las otras materias.
LEYENDAS
ES UNA NARRACIÓN DE HECHOS SOBRENATURALES, O UNA MEZCLA DE AMBOS QUE SE TRANSMITE DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN, DE FORMA ORAL O ESCRITA.
LEYENDA DEL OTOÑO Y EL LORO (Sélknam - Tierra del Fuego), de Graciela Repún
En Tierra del Fuego, en la tribu Sélknam había un joven indio llamado Kamshout al que le gustaba hablar.
Le gustaba tanto, que cuando no tenía nada que decir –y eso era muy notable porque siempre encontraba tema– repetía las últimas palabras que escuchaba de boca de otro.
–Me duele la panza –le contaba un amigo.
–Claro, la panza –repetía Kamshout.
–Miremos este maravilloso cielo estrellado en silencio –le sugería una amiga.
–Sí, es cierto. Mirémoslo en silencio. ¡Es verdad! ¡Está hermoso!
Y es mucho más lindo así, cuando uno lo mira con la boca cerrada, ¿no es cierto? –respondía Kamshout.
–¡No quiero escuchar una palabra más! –gritaba, de vez en cuando, el malhumorado cacique–. ¡En esta tribu hay indios que hablan demasiado!
Le gustaba tanto, que cuando no tenía nada que decir –y eso era muy notable porque siempre encontraba tema– repetía las últimas palabras que escuchaba de boca de otro.
–Me duele la panza –le contaba un amigo.
–Claro, la panza –repetía Kamshout.
–Miremos este maravilloso cielo estrellado en silencio –le sugería una amiga.
–Sí, es cierto. Mirémoslo en silencio. ¡Es verdad! ¡Está hermoso!
Y es mucho más lindo así, cuando uno lo mira con la boca cerrada, ¿no es cierto? –respondía Kamshout.
–¡No quiero escuchar una palabra más! –gritaba, de vez en cuando, el malhumorado cacique–. ¡En esta tribu hay indios que hablan demasiado!
–Una palabra más; ¡demasiado!... –repetía Kamshout.
Por su charlatanería, toda la tribu sintió su ausencia cuando un día, como todo joven, tuvo que partir.
–Kamshout se ha ido a cumplir con los ritos de iniciación –comentaba alguno.
–¡Lo sé! –respondía otro–. Ahora puedo oír cantar a los pájaros.
–Yo escucho mis pensamientos –decía alguien más.
–Yo, el ruido de mi estómago –decía otra.
–Yo lo extraño –decía una. Pero enmudecía inmediatamente, ante las miradas de reprobación de los demás.
Y pasó el tiempo. Tiempo de silencio y también de soledad.
Y Kamshout regresó.
Y las aves al verlo emigraron porque, ¿para qué cantar donde nadie puede escucharte?
Kamshout regresó maravillado. No podía olvidar su viaje y repetía a quien quisiese oírle (pero más a quien no) que en el Norte, los árboles cambian el color de sus hojas.
Les hablaba de primaveras y otoños.
De hojas verdes, frescas, secándose lentamente hasta quedar doradas y crujientes.
(Y los que lo oían imaginaban, tal vez, un pan recién sacado del fuego.)
De árboles desnudos.
(Y los que lo escuchaban se horrorizaban de semejante desfachatez. ¡Si sólo andaban desnudos animales y seres humanos!)
De paisajes dorados, amarillos y rojos.
(Y los obligados oyentes miraban sus pinturas para poder imaginar mejor.)
De caminos hechos de hojas que crujían, coloreadas de dorado, amarillo y rojo, provenientes de árboles que se desnudaban.
¡Y semejante falsedad cerraba todas las posibilidades de imaginación!
Porque era demasiado esa combinación de sensaciones y de mentiras.
Ya en la tribu, todos creían que Kamshout estaba inventando un poco.
¿Qué era esa tontería de decir que los árboles no tienen hojas eternamente verdes?
¿Qué quería decir “otoño”?
¿Quién iba a tragarse el cuento de que los árboles pierden su follaje y luego les brota otro nuevo?
El descreimiento general enojó a Kamshout.
Lo enojó muchísimo. Muchísimo.
Lo hizo poner colorado de odio, le salieron canas verdes.
Desesperado por convencerlos de que decía la verdad, Kamshout contó lo mismo infinitas veces, sin parar.
Día y noche, sin parar. Segundo tras segundo, sin parar. Hasta que sus palabras se fueron encimando unas con otras y se convirtieron en un extraño sonido.
La tribu trataba de esquivarlo.
Por hacerse los que no lo veían, por jugar a ignorarlo, no vieron, en serio, su prodigiosa transformación: Kamshout se convirtió en un loro gordo.
Recién lo notaron cuando escucharon que les hablaba desde los árboles.
¡Era él! ¡Ese pájaro era él!
No había duda. Era su voz, que ahora sólo decía: kerrhprrh, kerrhprrh... hasta el cansancio.
Kamshout volaba sobre las hojas, y al rozarlas, las teñía del color de sus plumas.
De pronto, una hoja cayó.
Corrieron a verla, a levantarla. La palparon y la volvieron a dejar en el suelo. Entonces, la pisaron.
La hoja, matizada de dorado, amarillo, rojo, crujió bajo sus pies.
–¡Es verdad! –dijeron–. ¡Todo era verdad! ¡Kamshout no nos mintió!
Pero Kamshout no respondió. Se había ido muy lejos. Dicen que acompañado por su amiga y enamorada.
La tribu quedó más en silencio que nunca.
Recién en la primavera, cuando las hojas volvieron a cubrir las ramas erizadas de frío de los árboles, volvió Kamshout, acompañado de su compañera y de sus hijos.
Eso dicen algunos.
Otros dicen que los que vinieron eran sólo un grupo de loros haciendo kerrhprrh sin cesar desde las copas de los árboles.
FIN
Si la querès leer del blog de la bibiloteca entrà acà: http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/05/leyenda-del-otono-y-el-loro-selknam.html
(Historia inspirada en la tradición de los guaraníes de la Argentina)
Qué calor hacía aquella tarde... El sol parecía puro fuego brillando implacable sobre la selva misionera. Ni un ruido se escuchaba porque todos, bichos grandes y bichos chicos, se acurrucaban a esa hora en un rinconcito fresco a la sombra o dormían la siesta a pata suelta. Bueno, todos todos, no. Aunque no era buena hora para andar caminando, un muchacho guaraní se había alejado de la tribu y buscaba frutos silvestres. Llevaba un bastón de caña con el que apartaba las lianas y las malezas, con el que golpeaba los troncos caídos y las ramas gruesas para espantar a los animales salvajes.
Nunca pensó que al cruzar un claro, al ladito nomás del río, se iba a encontrar frente a frente con un tamanduá, el oso comedor de hormigas. Grandote era el tamanduá. Venía con la cabeza gacha olisqueando y rascando el suelo con su hocico alargado y sus garras largas y afiladas.
Cuando lo vio aparecer ¡ay, qué susto! el chico gritó. El tamanduá también se asustó, claro. Y no gritó, pero se paró sobre sus patas traseras y gruñó un poquito. Más miedo daba así. Por eso el chico levantó su bastón de caña y lo revoleó para acá. Seguramente el tamanduá pensó que iba a darle un golpe.
Nunca pensó que al cruzar un claro, al ladito nomás del río, se iba a encontrar frente a frente con un tamanduá, el oso comedor de hormigas. Grandote era el tamanduá. Venía con la cabeza gacha olisqueando y rascando el suelo con su hocico alargado y sus garras largas y afiladas.
Cuando lo vio aparecer ¡ay, qué susto! el chico gritó. El tamanduá también se asustó, claro. Y no gritó, pero se paró sobre sus patas traseras y gruñó un poquito. Más miedo daba así. Por eso el chico levantó su bastón de caña y lo revoleó para acá. Seguramente el tamanduá pensó que iba a darle un golpe.
Para esquivarlo, se movió para allá. Enseguidita el chico volvió a revolear su bastón de caña, esta vez para el otro lado hacia la derecha. Y el tamanduá ya convencido de que quería golpearlo, lo esquivó moviéndose hacia la izquierda. El muchacho entonces dio un paso al frente. Y el tamanduá retrocedió. Pero después avanzó y fue el muchacho el que se fue para atrás. Y para acá, para allá, a un lado y al otro, a la izquierda, a la derecha, adelante y hacia atrás, uno golpeaba con el bastón y el otro esquivaba los golpes. Estuvieron así un rato largo hasta que el tamanduá se cansó y después de gruñir dos veces, se perdió en la espesura.
El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.
¡Al verlo llegar agitado y tembloroso, los demás quisieron saber qué le había pasado. Y el muchacho les contó:
—Yo daba un golpe hacia acá ¡patapum! y el tamanduá saltaba hacia, allá ¡patapam!... —y mientras contaba el muchacho trataba de imitar los movimientos del oso hormiguero y los suyos desplazándose hacia la derecha y hacia la izquierda, adelante y atrás, a un lado y a otro...
El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.
¡Al verlo llegar agitado y tembloroso, los demás quisieron saber qué le había pasado. Y el muchacho les contó:
—Yo daba un golpe hacia acá ¡patapum! y el tamanduá saltaba hacia, allá ¡patapam!... —y mientras contaba el muchacho trataba de imitar los movimientos del oso hormiguero y los suyos desplazándose hacia la derecha y hacia la izquierda, adelante y atrás, a un lado y a otro...
Los que escuchaban querían parecer serios. Pero era tan gracioso ver al chico salta que te salta que no podían aguantar la risa.
—¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.
—Así —le explicó el muchacho.
Y el otro trató de repetir los pasos moviéndose ¡patapum! Hacia la derecha y ¡patapam!... hacia la izquierda, ¡patapum! adelante y ¡patapam!... atrás, ¡patapum! A un lado y ¡patapam!... a otro.
Al principio se oyeron carcajadas, sin embargo, al rato, toda la tribu ensayaba esa loca coreografía al ritmo del ¡patapum! ¡patapam! Tanto se divirtieron ese día que volvieron a hacerla al anochecer y en cada fiesta de casamiento y los días que celebraban algo y de a poco le fueron agregando más pasos: un giro, una media vuelta, un balanceo... Y a alguno se le ocurrió acompañar la danza con una calabaza llena de semillas o golpeando un tronco hueco o soplando en una caña...
Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.
—¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.
—Así —le explicó el muchacho.
Y el otro trató de repetir los pasos moviéndose ¡patapum! Hacia la derecha y ¡patapam!... hacia la izquierda, ¡patapum! adelante y ¡patapam!... atrás, ¡patapum! A un lado y ¡patapam!... a otro.
Al principio se oyeron carcajadas, sin embargo, al rato, toda la tribu ensayaba esa loca coreografía al ritmo del ¡patapum! ¡patapam! Tanto se divirtieron ese día que volvieron a hacerla al anochecer y en cada fiesta de casamiento y los días que celebraban algo y de a poco le fueron agregando más pasos: un giro, una media vuelta, un balanceo... Y a alguno se le ocurrió acompañar la danza con una calabaza llena de semillas o golpeando un tronco hueco o soplando en una caña...
Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.
Si la querès leer del blog de la bibiloteca entrà acà: http://garabatoliterario.blogspot.com/2017/03/el-baile-del-oso-hormiguero-liliana.html
Hace mucho tiempo, en los días en que los animales y las personas podían hablar entre sí y entenderse, un cazador salió a cazar con su arco y sus flechas.
A poco de andar, oyó un extraño ruido y se detuvo a escuchar. El sonido provenía de un agujero en el suelo. ¿Qué era lo que hacía ese ruido? Era una rata, una ratita que se había caído en un hoyo y no podía salir.
—¡Ayúdame! —le suplicó al cazador-. Por favor, bondadoso señor. ¡Ayúdame a salir de aquí!
El cazador inclinó su arco hasta el pozo. La rata subió por el arco y así pudo salir del agujero.
A poco de andar, oyó un extraño ruido y se detuvo a escuchar. El sonido provenía de un agujero en el suelo. ¿Qué era lo que hacía ese ruido? Era una rata, una ratita que se había caído en un hoyo y no podía salir.
—¡Ayúdame! —le suplicó al cazador-. Por favor, bondadoso señor. ¡Ayúdame a salir de aquí!
El cazador inclinó su arco hasta el pozo. La rata subió por el arco y así pudo salir del agujero.
—Gracias —dijo la rata—. Me hubiera muerto de hambre allí dentro. Hombre bondadoso, si alguna vez puedo ayudarte, lo haré.
El cazador se rió.
—¿Qué? ¿Tú ayudarme a mí? ¿Una cosita tan pequeñita como tú?
—Ya veremos —dijo la ratita. Y con una inclinación de cabeza, se escurrió por el camino.
El cazador siguió su camino también. Pero no había ido aún muy lejos, cuando empezó a levantarse un fuerte viento y grandes nubes de tormenta se entrechocaron en el cielo.
—Será mejor que me busque un refugio —se dijo el cazador. Y corrió hasta una cueva para refugiarse y esperar hasta que la lluvia parara. Una vez adentro, se acomodó para comer la vianda que llevaba con él.
De pronto, una sombra oscureció la boca de la cueva: era un enorme león que estaba entrando.
El cazador trató de manotear su arco, pero el león se interpuso. ¡Estaba atrapado!
—Ah... buen día, león —dijo el cazador con amabilidad— ¿Ésta es su cueva? No era mi intención quitársela. Yo sólo estaba aguardando a que la lluvia parara. Así que ahora si se corre un poquito, seguiré mi camino y...
—¡No! —rugió el león— ¡Quédate! Come tu comida. Y luego, te comeré yo a ti.
El cazador pensó que ése iba a ser seguramente su fin, cuando de pronto se escuchó una risa que resonó por toda la caverna.
—¡Oh, sí! —dijo una profunda y terrible voz—. El cazador comerá su comida. El león comerá al cazador. Luego, yo me comeré al león.
—¿Dónde estás tú? —preguntó el león mirando para todos lados.
—Alrededor de ti, por todas partes.
—Y ¿quién eres tú?
La poderosa risa resonó por toda la caverna.
—Soy el terrible matador de leones. Apúrate león, así yo podré comerte a ti.
El león dudó.
—Yo... yo creo que no tengo mucha hambre ahora —murmuró el león. Y se puso de pie y corrió fuera de la cueva como un cachorro asustado, hasta que se perdió de vista.
El cazador recogió su arco.
—¿Quién será el terrible matador? ¿Quién es lo suficientemente valiente como para asustar a un espantoso león?- susurró el cazador.
—Yo —dijo la ratita, asomándose por entre unas rocas.
—Pero, tú eres tan sólo una ratita —dijo el cazador— ¿Quién tenía esa voz terrible?
—Yo —contestó la rata—. Yo sé que soy demasiado pequeña para luchar con un león. Pero, en cambio, los ecos maravillosos de esta caverna hicieron que mi voz sonara terrible y poderosa.
El cazador rió.
—Oh, mi inteligente amiga, perdóname por burlarme de ti. Puede que tú seas pequeña, pero yo debería haberme dado cuenta de que la inteligencia y la bondad no pueden medirse.
FIN
Autor desconocido.
Si la querès leer del blog de la bibiloteca entrà acà:http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/06/leyenda-africana-de-que-tamano-es-la.html
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